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| Después de grabar su debut solista –un álbum dedicado por completo a las drogas–, Andy Chango estalló en una temporada de felicidad. Salía de gira por España, volaba sobre los acantilados del mar Cantábrico, los ensayos eran una celebración tóxica y los shows... En los shows el público ofrendaba porros al escenario, a pedido del artista. Todo iba perfecto para el chico-problema argentino exiliado en España, bien lejos de los patrulleros porteños y los espantosos institutos de rehabilitación. Pero las cosas empezaron a cambiar al año siguiente, cuando se recluyó en su casa de Madrid para componer un nuevo disco. “Sin shows, sin ensayos, componía solo, encerrado en una habitación. Me convertí en un semi-ermitaño”, cuenta Andy en un bar de Palermo, antes de volver a España. “Perdí mi don social; intenté dejar el tabaco, y fumé demasiados porros por día. Estaba todo el tiempo súper stoned, y no quería ir a ninguna reunión, ni nada. Eso, sumado a un poco de presión de la compañía discográfica, hicieron que por momentos tambaleara, física y psíquicamente. Me volvía loco estar sin hacer nada. Me convertí en una ama de casa: si Yasmin, mi amor, llegaba tarde a comer, yo estaba herido porque había preparado los ravioles. O si había limpiado y ella no se daba cuenta, me ofendía. Y como buena ama de casa, empecé a tomar droga legal. Como quería que el disco fuera alegre, se me ocurrió ayudarme con ansiolíticos y antidepresivos. No podía ir deprimido a grabar un tema disco de los ‘80, entonces aposté a todos los elementos que encontré a mano.” Todo empeoró en una semana particularmente desgraciada para él. Empezó una noche en que, bastante entonado, ensayó una pirueta frente a sus amigos y terminó fracturándose el hueso calcáneo. Internado en el hospital público de Madrid, decidió dar una fiesta en su habitación. “Invité a (Andrés) Calamaro y a los músicos que estaban grabando, y armamos una fiesta, lo cual disgustó un poco a las enfermeras y a los médicos, porque era un bardo: había cervezas, porros... Tal vez por eso al otro día el doctor me puso mal el yeso, me comprimió el nervio ciático y me dijo que iba a quedar paralítico de por vida.” Abrumado, Andy fue a por una segunda consulta. El médico lo tranquilizó, le prometió que no quedaría paralítico, que a lo sumo arrastraría una renquera (cosa que finalmente no ocurrió). “Entonces decidí salir a festejar”, prosigue. “A las seis de la mañana, una bomba de ETA me explotó a cincuenta metros... Al día siguiente, mientras leía un libro escrito por el papá de Ariel (Rot) sobre el diario La Opinión –un libro muy interesante–, me empezaron a llorar los ojos. Fui al oculista, me diagnosticó una hipermetropía y me puso anteojos.” Al quinto día de esa semana fatal, Andy cumplía treinta años. Aún convaleciente, compró 18 botellas de champagne para festejar en la cama, rodeado de amigos. Cuando las descorcharon, se sintió el ser más desdichado del planeta: todo ese champagne no tenía burbujas. “Después de esa semana, toqué el fondo de una manera muy profunda”, recuerda. “Pero siempre lo tomé con humor: contaba mis experiencias en el periódico (en los Diarios Politóxicos que escribe en el Diario16), hacía comics, trataba de buscar la risa en la desgracia. Pero la verdad es que me sentía muy desgraciado. De ahí salió el concepto del nuevo disco, Las Fantásticas Aventuras del Capitán Angustia: un superhéroe que le canta a la desgracia, a lo que viene después de mucha droga: la resaca, la decrepitud física, la inestabilidad emocional, el sistema nervioso semidescompensado, incursiones en la droga legal. Pero siempre con alegría.” Producido por Ariel Rot, el disco del Capitán Angustia encuentra el equilibrio entre el patetismo de las desventuras narradas por el protagonista y la efervescencia desvergonzada de su musicalización. Rapeos, cabalgatas disco, marchas y guitarras españolas para gritarle al mundo los mil y un fracasos (económicos, sexuales, orgánicos,existenciales) del Capitán Angst, a quien Chango define como “el nieto de Roberto Arlt”. En el bar, el autor propone ir a escuchar una copia del disco en cuestión (aún sin masterizar) a lo de un amigo, un ex Superchango (la banda que integraba Andy antes de abandonar el país) que vive cerca de ahí. “Tiene una hamaca paraguaya y una manguera”, promete, escurriéndose el sudor del pelo. A mitad de camino, desde una esquina de la calle Uriarte, llega una voz familiar amplificada. Es el estudio-pecera de Radio 10, la AM de Hadad que transmite al público desde una vidriera de ochava. Y ahí está Chiche Gelblung, saliendo al aire expuesto como una prostituta en el barrio rojo de Amsterdam. Tal vez no lo sepas, pero Andy Chango fue, durante un tiempo, una especie de controvertido columnista vía satélite de “Memoria”, el ciclo televisivo de Mr. Gelblung. El músico duda si darse a conocer a través del vidrio y pedir aire, pero recuerda lo que dijo minutos antes, en el bar. “Yo no sabía ni quién era Chiche”, había contado. “Pero estaba en Madrid y la compañía me dijo que me llevaba a Barcelona en avión y me alojaba en un hotel para filmar para un programa de la Argentina y participar de un debate sobre la marihuana. Iba a haber dos bandos: por un lado la hija de Lestelle –Alina–, y por otro lado yo y Gaspar, de la revista Cáñamo. Me pareció noble debatir sobre la marihuana y con un buen amigo en Barcelona: era un gran plan. Además, como en Argentina mi disco no había tenido la más mínima difusión, dije ‘bueno, si no lo hacen ellos lo hago yo, sea donde sea’. Fue un viaje bastante loco: llegué a Barcelona a la noche, bebimos mucho, fumamos mucho, y cuando salimos al aire eran las cuatro de la mañana y estábamos re-locos. Yo no veía lo que pasaba acá. No veía las caras de la gente, no sabía la tensión que había. Después, cuando me mandaron el programa grabado y vi esas caras sudando dije, ‘bueno, en la que nos metimos...’. Pero en su momento estábamos hablando súper high, la pasé genial, y Chiche cerró el programa diciendo: ‘esta noche, ganó la marihuana’. Yo no lo conocía, pero sabía que era careta, entonces me pareció un pequeño gran logro. Después me dieron el video y me morí de risa muchas noches con mis amigos, en pedo. Era ridículo, como lo es todo en Argentina en relación a la droga.” “La segunda vez que me invitaron fue más conflictivo, porque me agraviaron un poco más desde el estudio”, repasa. “Ese día no quedé bien con nadie. Se suponía que las Viejas Locas estaban defendiendo un repertorio de las drogas, que eran de mi bando, y del lado de los enemigos estaban Alina Lestelle y (Alberto) Albamonte. Ese día me hice enemigo de las dos partes: el chico de las Viejas Locas (Pity) hizo un texto que era una taradez, que decía: ‘con la legalización van a morir muchos, pero no sé qué...’, lo cual demuestra que la ignorancia con ese tema no sólo está del lado de los reaccionarios: las estadísticas demuestran que con la prohibición se multiplicaron el consumo y las muertes por adulteración.” –Aquella vez te cruzaste con Albamonte. –Se me pusieron todos en contra: ese día me abuchearon. Albamonte me dijo “te vas a morir”. Yo pensé que era un padre de familia, y le respondí: “No, te vas a morir vos, porque yo fumando un porrito, haciendo el amor con mi mujer y haciendo musiquita, estoy seguro de que voy a vivir más años que vos, que estás muy tenso y te puede dar un paro cardíaco en cualquier momento”. Al final me abuchearon todos. Entonces ya al tercer programa dije: “Chiche, por esto me tenés que pagar, porque si yo me tomo un taxi a las tres de la mañana en Madrid para ir a un estudio y todos me abuchean... Eso ya vale dinero”. Entonces hice un tercer programa por dinero, y ahí ya me sentí corrupto, porque en realidad me había gustado hacerlo de onda, con mi amigo en Barcelona. Me di cuenta que el programa de Chiche, con todos los respetos, es un desastre total. Cambié de postura: pensé que aunque no me hagan prensa, prefiero esperar diez años y que me conozcan por mis canciones antes que por ser panelista de Chiche. Aunque debo decir que fueron los únicos que me dieron un lugar para hablar del tema con libertad. Lo que pasa es que la manera en que presentan las cosas es patética. –Hablabas de tus incursiones en la droga legal. ¿Cómo te resultaba...? –Me resulta muy bien. Es decir: ya estoy adentro. Ese es un tema bastante interesante: descubrí que el Alprasolán, que es un ansiolítico, es mucho más adictivo que la mayoría de las drogas que conozco. Algo similar pasa con el tabaco, y a nivel destrucción del hígado algo similar ocurre con el alcohol. Conozco demasiadas drogas ilegales que no son tan nocivas como algunas legales. Hay una falta de criterio abismal en la dictaminación de qué es legal y qué no. En Argentina podés ir preso por posesión de marihuana. Y sin embargo todas las amas de casa le dan de lo lindo al Alprasolán, y sus maridos toman whisky barato y se están haciendo más daño. Además, me parece ridículo penalizar el daño: el autoflagelo tiene que ser reivindicado, no penalizado. |